Historia del Páramo (¿Qué pasó con “WriteBlazer”?)

Hace cosa de un mes, recibí una llamada de Antony Poole. A modo de introducción os diré que este amable y brillante caballero inglés es un educador vinculado a la EADA Business School de Barcelona. Yo tuve el placer de ser su alumno en el Postgrado de Creación de Nuevos Contenidos de IDEC-UPF, en una sesión especial sobre Dirección Creativa o algo así como “Gestione su creatividad y su vida personal para no envejecer prematuramente”.

Antony llegó a mí a través de Eduard Baldrís, director del post-grado y uno de los mejores seres humanos que he encontrado últimamente. Según me dijo, estaba buscando ponentes para una mesa redonda sobre soluciones de marketing aplicadas a la vida cotidiana cuando Eduard lo dirigió hacia mi ComiCV “WriteBlazer”.

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Es una buena ocasión para hacer una reflexión. La atención que recibí es algo a lo que no estoy acostumbrado. Muchas personas me enviaron sus felicitaciones y ánimos. He intentado estar a la altura y contestar a todo el mundo. Incluso hice UNA entrevista de trabajo (sí, podéis tocarme).

¿Para qué ha servido? Porque un CV que no consigue un trabajo es un fracaso, ¿no? Pues no.

En primer lugar, como “héroe”, “delicioso” o “emprendedor”, la palabra “fracaso” se ha devaluado por exceso de uso.

En segundo, ha servido como presentación oficial de mi marca personal. Ha conseguido diferenciarme del resto de mis colegas/competencia. No estoy diciendo que sea mejor. Estoy diciendo que, por primera vez, tengo una imagen de marca. Tengo UNA HISTORIA y, por lo tanto, he adquirido una identidad. Estoy posicionado de manera clara. Por eso no puedo considerarlo un fracaso.

Hay una parte de mí, la que se crió en los años ochenta, que sí que lo considera así. Es una parte de mi educación, de la programación que me instalaron en mi infancia, que todavía espera que le digan lo que tiene que hacer para conseguir un trabajo estable y seguro. Es una parte de mí que se educó sobre un espejismo de proporciones bíblicas.

Haciendo un repaso rápido a nuestra historia reciente, ¿a quién se le puede ocurrir que podíamos ser una potencia cultural, capaz de asimilar las ingentes legiones de graduados en arte que salen al mercado cada año? ¿Quién pudo creerse que iba a conseguir un trabajo seguro en una supuesta industria audiovisual? Ni desde el sector ni desde las instituciones, nadie fue capaz, en la época de supuesta bonanza, de afianzar las bases de una industria competitiva. Nos dejábamos arrastrar por una cálida inercia, encantados de nosotros mismos, suponiendo que todo iba bien.

(Por cierto, lo mismo es aplicable a la investigación o el deporte profesional, entre otros ámbitos.)

Y cuando el espejismo desapareció, la corriente que nos llevaba se secó y nos dejó estancados en el fondo, mirando a nuestro alrededor con cara de tontos, esperando una respuesta de aquellos que debían dárnosla, más preocupados en privatizar nuestro cauce que otra cosa.

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Fue entonces cuando descubrimos que esto es un sálvese quién pueda. La crisis ha desnudado nuestro país para mostrárnoslo tal y como es: Alfonso Quijano desprovisto de armadura, escuálido y delirante, blandiendo una espada mellada.

Como he dicho en cien mil promos: “Bienvenidos a una nueva dimensión del terror”.

Por suerte, no todo es malo. El terror tiene su parte positiva. Hace que la adrenalina inunde nuestro cuerpo y lo hace trabajar al mil por cien para escapar del peligro.

En esta época tan de posguerra hemos descubierto que sólo nos podemos valer por nosotros mismos, explotando nuestros propios recursos, identificando nuestras virtudes y defectos y sacando provecho de ellas. Una actitud que sería la normal y deseable en cualquier otro lugar civilizado del mundo. Una actitud que, para nuestra desgracia, no es la más premiada en los países post-dictatoriales. Mi generación es heredera de una generación que creció en la post-guerra, en un ambiente siniestro en el que era mejor pasar desapercibido y en el que era deseable callar y tragar. Se quiera o no, cuarenta años de represión social tienen su efecto en la gente. Mi generación siempre ha sido una generación obediente y bastante monocorde. Ahora, los herederos del “Qué dirán” y “Paso de follones” deben decidir: o enrocarse en su posición o evolucionar para salir adelante.

(Qué bonito es hablar de las cosas como si no fuesen con uno, ¿eh?)

Aquí es dónde conectamos con el marketing. Hasta ahora, el marketing era despreciado por los profanos como algo artificioso y maligno como los largos dedos del demonio. El hecho de que la palabra “mercadotecnia” apenas se utilice, creo que demuestra lo alejada que está esta disciplina del ciudadano medio.

Ahora todo ha cambiado. La competencia es abrumadora. Los puestos de trabajo escasean. Ni siquiera los enchufes funcionan. Cualquier empleador tiene tanta oferta donde escoger que sólo debe esperar sentado hasta que aparezca el perfil exacto que necesitaba. Es algo contra lo que mi generación no esperaba luchar. Hemos descubierto que debemos llamar la atención y destacar. En una palabra, vendernos.

En cierta manera, lo mismo le sucede a las marcas. En un mundo masificado, deben luchar por llamar la atención por encima de los demás. Dedican millones de euros a construir una imagen emocional que nos vincule a ella con más fuerza.

Lo mismo debemos hacer nosotros. Y tenemos una ventaja sobre las marcas: Somos únicos. Cada uno de nosotros tiene una marca personal espontánea.

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Ha llegado el momento de pulirla y afilarla, no sólo para conseguir las mejores oportunidades, sino para saber qué queremos hacer con nuestra vida y buscar cierta satisfacción personal en lo que hacemos. No concibo nada más frustrante que dedicar un tercio (o más) de tu vida a algo que no te gusta o incluso odias.

De hecho, la inspiración para hacer “WriteBlazer” viene de algo que hice con dieciséis años. Tenía que aprobar cinco asignaturas para pasar de curso y no sé muy bien porqué, hice un cómic de un caballero andante que se enfrentaba a criaturas espantosas (una por examen). Como otras muchas cosas en mi vida, no lo terminé. Tenía que estudiar, claro. Creo que aprobé cuatro.

Ha sido muy curioso ver cómo algo que hice con mi “yo” teenager al mando ha sido tan bien recibido. Me ha devuelto la ilusión por mi trabajo, me ha quitado muchos complejos y me ha reafirmado en mi idea de que, ya que cuesta tanto esfuerzo encontrar trabajo, dediquémoslo a algo que nos guste.

Actualmente, me gano la vida como locutor de publicidad. Me encanta. Eso me permite escribir las cosas que me gustan. Mi yo de los ochenta (que se parece al abuelo de mi mujer) no confía mucho en ello. Cree que estoy en una posición inestable, a merced de un resfriado o una afonía, dedicando horas y esfuerzo a proyectos de futuro incierto. ¿Pero no era eso lo que lleva haciendo el ser humano desde hace 250,000 años, cultivar la tierra y rezar para que no vengan los bandidos o llueva demasiado? Pero la vida en la granja es dura. No conoce el trinomio de ocho horas recomendado por la OMS. Cuando no hay que trabajar el campo, hay cosas que arreglar en casa, en la familia…

No queda más remedio que ponerse manos a la obra y luchar día a día, con humor y valentía. Olvidarse de los complejos, del qué dirán o de “esto no tiene salida” y recuperar la ilusión.

Suerte a todos y feliz lunes.

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